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Amuletos MEDIEVALES


Durante la Edad Media, la confección de talismanes de amor se complicó enormemente.



Para hacerlo se exhumaban viejas tradiciones latinas y fórmulas secretas y misteriosas de Oriente, traídas por los cruzados.


En las extrañas mezclas actuaban juntos los Dioses del Olimpo con los genios de las creencias Árabes y los demonios y arcángeles cristianos.


Fue tan intensa la afición de aquella época por los filtros y talismanes de amor que su abuso inspiró las estrofas del poeta español Juan de Mena (1411-1455):


"Ni causan amores, ni guardan su tregua

las telas del hijo que pare la yegua
ni menos agujas hincadas en cera,
ni hilos de alambre, ni agua primera
de Mayo bebida en vaso de hiedra,
ni vanas palabras de encantadora..."

Una preparación mágica famosa, consistía en tomar el corazón de una culebra, colocarlo junto con la cabeza sobre una chapa caliente hasta que se secaran.



Se pulverizaban moliéndolos en un mortero. El polvo resultante se mezclaba con unas gotas de láudano.
La creencia popular aseguraba que, con solo refregarse las manos con este polvo, se conseguía conquistar a la mujer deseada. La mujer, por su parte, además de refregarse las manos con esta mixtura, debía dársela de beber a su elegido con una copa de vino en la cual hubiera desleído una bolita del tamaño de un semilla de trigo formada por cabeza de anguila, un trocito de cimiente de cáñamo, 6 gotas de su propia sangre menstrual y 2 gotas de láudano.

Una receta para conquistar al hombre amado, aconsejaba tomar pelo de su barba (acordemos que en aquellas épocas casi todos usaban barba) lo más cercano posible a la oreja izquierda, y una moneda de plata que hubiera estado en contacto con él por lo menos medio día. Debía hacerse hervir todo junto en un jarro de asperón (arcilla arenosa) nuevo, con vino, unas hojas de ruda y saliva. Cuando la moneda hubiera hervido durante una hora, se la sacaba. Tomándola con la mano derecha y acercándola al hombre amado debía decir por lo bajo: "Rosa de amor y flor de espina", mientras que con la otra mano se le tocaba suavemente el hombro izquierdo.


Para los maridos recelosos de la fidelidad de sus esposas, una receta era:

Arrancar el corazón de una paloma, secarlo, reducirlo a polvo y colocarlo en una bolsita de seda que contuviera una moneda de oro. A la tercera noche, cuando la mujer dormía, se le salpicaba con dicho polvo el pecho izquierdo y se colocaba encima la moneda. Si la mujer era fiel, continuaba durmiendo tranquilamente; en cambio, si era culpable, relataría todos los detalles de su infidelidad.

Otra fórmula de Amuleto para conquistar a las mujeres, consistía en llevar sobre el corazón un saquito de seda verde que contuviera el corazón de una paloma y los ojos de un gato secados y reducidos a polvo. 
Este amuleto, para que fuera más eficaz, debía prepararse un viernes de primavera o en el solsticio de verano.



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